Una vez escuché una historia sobre el alivio que tiene expresar las penas y el acto de grandeza que representa escucharlas. En un país de oriente un hombre se sentaba en un parque con un cartel que decía "ESCUCHO". Poco a poco comenzaron a pasar inesperados personajes, todos contando sus pequeñas tragedias o sus grandes alegrías. El hombre que escuchaba se conformaba con guardar silencio, y asentir una que otra vez cuando la intensidad de la narración lo exigía. Al terminar alguna historia este hombre no daba ningún concejo, ni reprendía al advenedizo con gestos o palabras recriminatorias. Es más, algunas personas que lo vieron dicen que más bien dormía, en vez de escuchar, como prometía el cartel. Sin embargo las personas que le hablaban salían reconfortadas por haberse liberado, a través de las palabras, de un peso que para ellos solos era demasiado grande. Hablar, de alguna manera, aliviaba sus inquietudes.
Resulta que el congreso colombiano decidió dedicarles una plenaria entera a las víctimas del conflicto que el país ha sufrido por más de cinco décadas. (Un conflicto que, a propósito, algunos ciegos se rehúsan a reconocer). Gracias a la Fundación Víctimas Visibles se organizó y divulgó la sesión por diferentes medios de comunicación, captando la atención de la sociedad civil colombiana. Y la iniciativa era más que loable admirable; se trataba, nada menos, que hacer lo que nuestro hombre de oriente hacía a diario: "ESCUCHO". La actividad consistía en que la institucionalidad legislativa del Estado escuchara a ese país que ha sufrido en carne propia la infamia de la guerra, tratando de exorcizar esos demonios mientras adelanta el problemático proceso de paz con las AUC. Nadie le estaba exigiendo al legislativo una nueva ley, ni el endurecimiento de las penas para los criminales. Sólo se pedía que los "honorables padres de la patria" escucharan.
Y como en el cuento que ya conté, una a una iban pasando algunas víctimas representativas, cada una contando su historia, con la firme intención de que recrear sus desgracias fuera el antídoto para que el país no repitiera la infamia. Y ocurrió que algunos "honorables padres de la patria", después de la foto y las presentaciones, fueron saliendo de la sala de plenarias "sin ningún decoro", según algunos medios de comunicación, o sin ninguna vergüenza, según un entender menos eufemístico. Hubiese sido mejor que se quedaran dormidos; por lo que dicen de nuestro hombre de la historia inicial, así al menos las víctimas hubieran tenido algo, alguien que los oyera al otro lado del sueño.
La verdad, la justicia y la reparación que necesita la sociedad colombiana empiezan precisamente por la verdad. Una verdad que está más en las manos de las víctimas que en la de los dirigentes de los actores armados, esos dirigentes por quienes los "padres de la patria" hacen fila para saludar.
Sí, que se queden dormidos, pero que por lo menos muestren el coraje suficiente para escuchar una verdad que a todos nos pesa. Ese sería un buen comienzo.
Luis Bernardo Vélez Montoya
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