Sobre el asesinato de nuestras mujeres

La historia de la civilización puede leerse, en efecto, como una historia de la violencia en contra de las mujeres. Una violencia que no necesariamente toma la forma de aniquilación física sistemática del género femenino, ni de la violación o esclavitud. Pero por ser estos los fenómenos más extremos son los más llamativos, los que conmueven, y por los que la ciudad se ha visto sacudida y alarmada en los últimos días. Sin embargo existen otras formas de exclusión y violencia, que son la expresión no violenta –y no por ello menos brutal– de la misoginia. Una reflexión sobre esas formas podría iluminar las justificaciones del feminicidio.
                Podrían ser tantos y tan extendidos los ejemplos, que enunciar una sola parte de estas infamias constituiría una inacabable enciclopedia de la barbarie masculina. Desde el principio de la humanidad se ha cometido el crimen de vejar a las mujeres. Inclusive en los espectros más altos de la inteligencia humana. En religión –sobre todo las religiones del libro–, en política, en arte…  La historia de la filosofía, sin embargo, quizá sea el escenario más escandaloso. Aun cuando Platón les otorgaba igualdad de derechos en La República –una deliberada utopía–, se cuidó de renegar del género al advertir en el Timeo que las almas eran esencialmente masculinas, y que aquellas descarriadas estaban condenadas a reencarnar en un cuerpo femenino, y si después de ese castigo no se corregían, transmigrarían a un cuerpo de animal. La mujer platónica es un ser medio hombre, medio animal. De su alumno Aristóteles, podría hacerse un juicio más benigno, en tanto que su vida fue ejemplo de convivencia con las dos mujeres con las que se casó. Sin embargo de otra cosa distinta hablan sus libros. En La Política, explicando la diferencia entre los esclavos y los ciudadanos de la polis, le da primacía natural al hombre sobre la mujer, como la tiene el padre sobre el hijo. En contraposición, le entrega a la “esposa” un papel fundamental en el manejo de las cosas de la casa, en la economía doméstica. He aquí una antigua explicación filosófica de la subordinación.
                Siglos después, el llamado fundador de la Ciencia Política, escribió en El príncipe una consideración que parece quedó arraigada en la cultura latina: “Considero que es preferible ser impetuoso y no cauto, porque la fortuna es como la mujer, y es preciso, si se la quiere tener sumisa, golpearla y maltratarla”. Kant, ya en una lógica propiamente moderna, y siendo el más liberal de los liberales, emancipa a la mujer del yugo natural a la que la había sometido la historia, sin embargo, ya en el terreno político le niega el derecho al voto y a la participación activa en la vida del estado. ¿Con qué justificaciones? Valgan algunas frases: “Las cualidades de la mujer se denominan debilidades”. “Con el matrimonio la mujer se libera, el hombre pierde su libertad”. “El hombre es fácil de descubrir; la mujer, por el contrario, nunca devela su secreto, pese a que (por su locuacidad) difícilmente puede guardar el de otros”. Años más tarde Schopenhauer afirmaría –para seguir con los ejemplos–: “que la mujer, por naturaleza, está destinada a la obediencia, se reconoce por el hecho de que toda mujer que sea puesta en posición de mando, para ella innatural, de total independencia, se une enseguida a un hombre, del que se deja guiar y dominar, porque necesita un dueño. Si es joven será un amante; si es vieja un confesor”. Otro de los grandes filósofos de occidente, Nietzsche, no tendrá reparos en hablar de la mujer amada como “un simio con tetas”, o en hacer decir a Zaratustra: “El hombre debe ser educado para la guerra, y la mujer, para solaz del reposo del guerrero. Todo lo demás es locura”.
                Podría objetarse que los filósofos no hacían más que hablar de las condiciones sociales de su tiempo. No obstante, aceptar eso sería entrar en el anacronismo de equiparar la filosofía con la sociología o, peor aún, con el periodismo. Y a la mente vienen algunas consideraciones propiamente sociológicas y antropológicas de “la cuestión femenina”. Escribe Jean Baudrillard, a propósito de la seducción en las sociedades contemporáneas: “La mujer no existe. Sólo existe la joven, por lo sublime de su estado, y el hombre, por su fuerza para destruirla”. Ya antes Georges Bataille había escrito sobre las mujeres que: “la belleza es deseada por la alegría que causa ser profanada”. Ahora bien, lo que la filosofía no acepta hoy, de ninguna manera, es que se justifique el homicidio, y ninguno de los filósofos aludidos aceptaría que sus postulados sirvieran para justificar el asesinato de mujeres.  
                ¿Pero a qué viene todo este compendio de citas? A que en Medellín han sido asesinadas 18 mujeres en lo que va del mes de noviembre. La cifra causa estupor. Y como indicaron los medios de comunicación, en principio podía pensarse en que se trataba de un asesino en serie. A pesar de ello, las autoridades no se demoraron en descartar ésta hipótesis, arguyendo que se trataba más bien de crímenes pasionales, de violencia familiar, de venganzas asociadas a la prostitución, o de cruce de cuentas entre narcotraficantes. Descartado Jack el Destripador, acabado el problema. Y así, como por arte de magia, por un golpe mediático, el problema de ciudad –están matando a nuestras mujeres– pasó a ser un problema de faldas, de prepagos y de narcos. Pasó a ser un problema doméstico. Lo que, obviamente, tranquiliza a la opinión pública y parece dejar indiferentes a las autoridades. ¿Esa tranquilidad acaso no es la expresión bestial, inesperada y actual de ese legado misógino de la civilización? Porque en el saber común –así muy pocos quieran reconocerlo– se encuentra la justificación: “eso le pasó por puta”, o “para qué se mete con hampones”, o “quién sabe qué fue lo que le hizo al marido”.
                Pensar así, a estas alturas de la humanidad, menos que ignorancia lo que indica es una mentalidad criminal en contra de las mujeres. Sería legitimar, gracias a esa violencia blanda, incorporada en los hombres a lo largo de siglos, lo más atroz del asesinato. No se puede personalizar lo que no es más que feminicidio, tratando de bajarle el tono al problema. El problema, lógicamente, desborda las posibilidades de una administración municipal o de un Estado, pero tener en cuenta que la misoginia a la que estamos acostumbrados es una vergüenza que desdice de la inteligencia que nos atribuimos, debe ser, por lo menos, una labor política de primer orden y no un asunto de policía.
 
                Luís Bernardo Vélez
                Concejal

Agosto 16, 2009 11:11 PM
Bienvenido este aporte intelectual que reconoce la discriminaciòn que ha llevado a cuestas la mujer. Como desde los intelectuales se ha creado un discurso que ofende , somete y esclaviza a las mujeres. Una misoginia que aun esta latente tristemente en nuesta sociedad; una sociedad que a la luz del nuevo milenia deberia tener un pensamiento de apertura; pero aún vemos desgraciadadmente estos imaginarios en nuestros hombres..
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Paty Villegas
Eres de lo más representantivo y ejemplar en el campo político de nuestra ciudad.. Gente como tu, es lo que necesita el País y nuestra hermosa tierra.
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