Una felicidad trágica

Las imágenes conmueven. Arrastran la emoción casi hasta el llanto. O, en efecto, hacen resbalar las lágrimas de las almas sensibles.
        Se trata de dos mujeres. Se trata de la alegría del reencuentro. Se trata de un país expectante del regreso. Se trata de la libertad. Se trata, en últimas, de la esperanza. Pero –es bueno que no se olvide–, también se trata de la guerra. Se trata de la barbarie. Se trata de un juego de intereses. Se trata de quién gana y de quién pierde.
        La felicidad se empantana con la dramática evidencia de los cómputos: fueron liberadas sólo dos de las más de tres mil personas secuestradas en el país. Sin embargo esto no le quita ni un ápice de grandeza a la libertad de esas dos mujeres: una de ellas que se reencontrará con el hijo que concibió en el secuestro y que hasta hace poco estaba perdido, y la otra que, de golpe, tendrá que asumir la muerte de su esposo y el nacimiento de su nieta. Y así, cada nueva información que se conoce le suma elementos de miedo y compasión a la historia. Una tragedia. Un nuevo hito en la triste trayectoria política de Colombia.
        Luego –como ya estamos acostumbrados–, vendrá el sainete. Vendrán los cálculos políticos. La rapiña para capitalizar la entrega por parte de las Farc de Clara Rojas y Consuelo González. Vendrá el ir y venir de mensajes entre dos presidentes y una banda de delincuentes. Vendrá nuevamente la incertidumbre, en su versión más aberrante: la mezquindad. Vendrá una dinámica política que hará desaparecer el tema de fondo: la cuestión del intercambio humanitario, como es tan palpable por las imágenes del 10 de enero, es una cuestión de humanidad, de sentimiento. De vísceras, para decirlo de manera un poco más contundente. No de esa política cicatera a la que parecen estarle jugando las partes involucradas. No es, ni siquiera, una cuestión de lenguaje; no se trata de si las Farc son un grupo terrorista o no, no se trata del reconocimiento del estatus político. O de si Hugo Chávez sale fortalecido con su mediación. O de si Álvaro Uribe, al aceptar las condiciones de las Farc, declina las intenciones de la seguridad democrática. Se trata, nada menos, que de vidas humanas. Se trata del valor máximo. Se trata de ser capaces de defender todo aquello por lo que nos parece valioso vivir. Se trata de ser capaces de sentir la felicidad que el país sintió apenas ayer. Esa felicidad llena de miedo y de compasión, esa felicidad trágica que debería mover tanto a las Farc como al gobierno colombiano a aceptar las condiciones del otro para llegar al intercambio. Paradójicamente, en este punto, ese gesto, esa renuncia, les entregaría una victoria política inimaginable: demostrar que tienen más humanidad que su enemigo. Pero, sordos y ciegos y sin corazón, absurdos, parece que interpretarán el mismo sainete al que nos tienen acostumbrados. Otra tragedia.
        A nosotros no nos queda más que seguir diciendo lo mismo. ¡Intercambio humanitario ya! Seguir lanzado estos mensajes, como se lanzan botellas al océano, alentados por la esperanza que representan esas dos mujeres que ayer volvieron a la vida.   
11 de enero de 2008
Luís Bernardo Vélez
Concejal   

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Paty Villegas
Eres de lo más representantivo y ejemplar en el campo político de nuestra ciudad.. Gente como tu, es lo que necesita el País y nuestra hermosa tierra.
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