"Embellecerse" hasta morir

Ríos de tinta (y de sangre) seguirán corriendo a propósito de las cirugías estéticas por las que se están muriendo las jóvenes colombianas. En general se condenará la inocencia de las personas que se dejan convencer por “esteticistas” que con pomadas, aceites y “aguas benditas” dicen que levantan los senos, aumentan la cola, estilizan la figura, rejuvenecen la piel o no se sabe cuántas más maravillas. Por supuesto, la primera condena debe ser para los responsables de la irresponsabilidad de intervenir en el cuerpo de los incautos sin la preparación científica necesaria para hacerlo. Esa condena menos que a los medios de comunicación le corresponde a la justicia, que no debe demorar en entregar resultados ejemplarizantes… a la larga –en los casos más graves–, se trata de asesinato.
 
Otro comentario reiterado sobre esta problemática condena a los medios de comunicación por “vender” un imaginario donde los cuerpos perfectos, la cutis tersa y el estar siempre a la moda son los requisitos indispensables para el éxito, la felicidad, el reconocimiento y la riqueza. Esta posición quizá pose de enfrentar el problema desde la raíz, en tanto que advierte del absurdo que encubre ese imaginario y sataniza a los medios de comunicación que difunden el estereotipo de la belleza como necesidad vital. Mal haríamos nosotros en no suscribir parcialmente esta posición. Habría que, sin embargo, matizarla, para indicar que no se trata esencialmente de un problema de “pantalla”, sino, también, de injusticia social.    
 
Las mujeres que han salido medio muertas o muertas de estas intervenciones son, en general, muchachas pobres, y no sería descabellado apostar que su nivel educativo es o era relativamente bajo. En la búsqueda de acoplarse a la moda de penúltima hora, han arriesgado su salud por unos pechos templados, unas nalgas consistentes, un abdomen dietético, unos labios carnosos. Porque unos pechos, unas nalgas, un abdomen y unos labios así aparentemente les garantiza ser lo que no son, parecer lo que no son, aspirar rápidamente a lo que de otra manera no podrían aspirar: ascenso social, un empleo, un amor, una autoestima alta. Se trata de convertir al cuerpo, a través de la moda, en la herramienta de un estilo de vida tan superficial como la misma epidermis. Síntoma de los tiempos que vivimos: “lo más profundo es la piel”. Lo bello es aquello que se ve; y la moda que no se exhibe no tiene porque llamarse tal.
 
Y justo ahí es donde se cae en la trampa. La moda es la reiteración de un modelo que provee reconocimiento social. Sin embargo –en palabras de uno de los padres fundadores de la sociología, Georg Simmel–: “las modas son siempre modas de clase, de manera que las modas de clase alta se diferencian de las de clase inferior y son abandonadas en el momento que esta última comienza acceder a ellas”. Los medios de comunicación, muestran en general la moda de clase alta, despertando en las clases subordinadas el deseo de parecerse a aquel que es más bello, más exitoso, más rico que yo. Y la manera que la pobreza encuentra de embellecerse es a través de la imitación barata. Inyectarse aceite de cocina en los senos tal vez sea la expresión más burda –y más peligrosa– de lo chiviado. No obstante –y esto muy pocos lo han dicho–, cuando los pobres acceden a sus propios usos del “último grito de la moda”, resulta que la moda de la clase alta, “la moda de verdad” ya no es tal; ya está en otra parte, muta porque los pobres ya pueden acceder a lo que antes proveía reconocimiento social. Hoy, por ejemplo, está más de moda quitarse el busto, y no ponérselo como hasta hace poco era ley, una ley que todavía siguen las clases subordinadas y por las que nuestras jóvenes se siguen metiendo en salones de estética de mala muerte con la ilusión loca de salir mejor “equipadas” para una sociedad donde la belleza parecer ser una llave maestra. Así que al riesgo de morir físicamente, se le suma la certeza de morir simbólicamente cuando se sale vivo de las manos de aquellos “cirujanos  plásticos” que tienen sólo lo de plástico y nada de cirujanos. En la calle se alude a esa muerte cuando a algo o a alguien se le dice “mañé”. Esa es la más común y menos detestada expresión de la exclusión, porque aludiendo a algo aparentemente superficial se descalifica socialmente a quien es llamado de esa manera.
 
Hasta hoy, nadie ha dicho con bastante fortaleza que hacerse un tratamiento de estética en las condiciones en las que se están haciendo, imposibilita de entrada el objetivo que se busca al “embellecerse”: el reconocimiento social. Y que las maneras más seguras de reconocimiento se basan en la educación y el trabajo, no en el cuerpo. Muy pocas de nuestras jóvenes son conscientes de ello. Por todo esto, y más allá de los problemas de fondo, puede que un argumento frívolo –brutalmente frívolo– las persuada de no arriesgarse: hacerse una intervención estética sin un cirujano reconocido, sin una clínica especializada y sin pagar todos los millones que hay que pagar por eso, es una cosa bastante “mañé”.
 
El problema de fondo es: qué tipo de educación están recibiendo nuestros ciudadanos y qué garantías de inserción social les ofrece el Estado, sobre todo a nuestras mujeres. Y no, fundamentalmente, el imaginario que ofrecen los medios; entre otras porque pretender un cambio en ese sentido es una perspectiva bastante poco realista.     
Luís Bernardo Vélez 

Abril 02, 2009 01:57 AM
:mad: Esperemos que los responsables de estos lamentables hechos terminen donde deben estar; en la carcel, y que la justicia colombiana no se haga la de los oidos sordos.
KAREN Opina:
Tipo:
INVITADO

Nombre:
Correo Electrónico*:
Comentario

Código: *Ingrese las letras de la imagen superior

Sandra Valencia
Creo que después de estos diez años de trabajo comprometido y duro de tu parte, el mejor regalo no es sólo para vos, también para la ciudad. Que hayas logrado la aprobación y la creación de la Unidad Permanente de Derechos Humanos para los ciudadanos hace ya cinco años te debería dejar muy satisfecho, lo demás es ganancia.
Bookmark and Share