Es curioso y hasta triste, que cuando vemos la realidad de niños, niñas y adolescentes en un programa de televisión la conciencia se mueva y conmueva, mientras que en ocasiones cuando la tenemos ahí, en directo, nuestra actitud sea indiferente, ciega o incluso dura como una roca.
Es innegable que la explotación sexual comercial infantil se ha constituido en uno de los flagelos que azotan a las diferentes ciudades del mundo y desde la cual se manifiesta, una de las peores formas de abuso, explotación y maltrato a la niñez y la adolescencia.
Aunque en el país no hay cifras exactas, en Colombia se calcula que hay 35.000 niños-as menores de 18 años víctimas de explotación sexual[1] y los cálculos indican que en Medellín este fenómeno viene en aumento, incluso se han incluido nuevas modalidades, en las que cada vez se vulnera mas a niños, niñas y adolescentes.
Este no es un asunto lejano o ¿quién de ustedes no ha visto que en varios sectores de la ciudad es casi “normal” que los establecimientos hoteleros, residencias, inquilinatos, salas de masaje, hospedajes y sitios privados de Internet, amparados muchas veces en prácticas comerciales legales permitan y hasta promuevan que niños y niñas sean explotados y explotadas sexualmente al interior de ellos? Esta situación se ve agravada cuando estos establecimientos en una actitud de complicidad además de permitir la utilización de habitaciones y espacios cerrados también le pagan a estos menores de 18 años; por ingresar con adultos con fines sexuales.
Las condiciones de vulnerabilidad de este grupo social, que se expresan en la discriminación por razones de género, en la necesidad de seguir estereotipos creados por la sociedad de consumo, el desplazamiento forzado, la desescolarización, la pobreza, el consumo de sustancias psicoactivas y de pegante entre otras, son elementos que sin duda favorecen la explotación sexual comercial infantil
Combatir este flagelo resulta difícil, por una parte por las características mismas del fenómeno como son la clandestinidad, camuflaje, anonimato, y subregistro, y por otro lado requiere de la voluntad política de los Estados en cabeza de los gobiernos; quienes deben dedicar su energía y mayor esfuerzo, en la protección y defensa los derechos de nuestra niñez y adolescencia. Esto implica se radicales y sistemáticos en la sanción de los proxenetas y adultos que de forma inescrupulosa se enriquecen y disfrutan a costa de sacrificar la vida y el desarrollo de niños, niñas y adolescentes.
Por último quiero invitar a la ciudadanía a denunciar este tipo de prácticas, a no acostumbrarnos y naturalizar el abuso y la explotación sexual y a no seguir culpabilizando a los mismos niños, niñas y adolescentes, que en todo este proceso no son más que unas victimas.